
Ricardo Anaya reapareció en el Senado con su característico tono altivo, acusando al gobierno federal de orquestar un “fraude judicial” con la reforma que busca elegir jueces por voto ciudadano. Sin embargo, sus palabras causaron más risa que indignación: el mismo político que huyó del país para no enfrentar cargos de corrupción ahora se escandaliza por procesos democráticos que no controla.
Anaya, quien ni siquiera fue elegido por la ciudadanía —pues regresó al poder como senador plurinominal por el PAN—, arremetió contra el nuevo modelo judicial, afirmando que se trata de un montaje para controlar al Poder Judicial. Pero su intervención fue vista por muchos como una muestra de cinismo político: el ex candidato presidencial no solo enfrenta señalamientos por su papel en el caso Odebrecht, sino que durante años guardó silencio ante pactos oscuros y violencia desatada durante los sexenios panistas.
Hoy, desde una curul que no ganó en las urnas, pretende erigirse como juez moral de las reformas que impulsa el gobierno actual. Su repentina indignación parece más una estrategia para lavarse la cara políticamente que un verdadero compromiso con la justicia o la democracia.
Anaya habla de fraudes, pero no se ha pronunciado sobre los privilegios que lo mantienen en el poder sin haber sido votado, ni sobre los escándalos que lo persiguen desde 2018.
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