
El último informe de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) reveló un cambio sin precedentes en la distribución de la riqueza en México: el coeficiente de Gini cayó a 0.391, marcando el nivel de desigualdad más bajo registrado desde 1984.
Este indicador refleja que la brecha entre los hogares de mayores y menores ingresos se ha reducido de manera significativa en los últimos años, posicionando al país en un momento clave para la justicia social.
De acuerdo con el INEGI, el ingreso corriente promedio de los hogares creció 15.66 % desde 2018, alcanzando los 77 864 pesos trimestrales, equivalentes a más de 25 900 pesos mensuales. Expertos aseguran que este repunte responde a una combinación de recuperación económica post-pandemia, políticas de inclusión social y programas de transferencia directa que fortalecieron el consumo de los sectores con menos recursos.
Uno de los puntos más destacados del reporte es que los hogares del primer decil (los más pobres) registraron un incremento de ingresos superior al 35 %, mientras que el crecimiento en el décimo decil (los más ricos) fue apenas del 4 %. Esta tendencia refleja una disminución en la concentración de la riqueza y un avance hacia una distribución más equitativa.
El informe también subraya que 67 % de los ingresos familiares provienen del trabajo remunerado, mientras que 17 % corresponde a transferencias sociales como pensiones, apoyos educativos y remesas, que crecieron de manera sostenida en los últimos dos años. Estos factores, sumados a una política fiscal enfocada en fortalecer el mercado interno, han sido clave para lograr este hito.
Sin embargo, a pesar del avance histórico, la desigualdad no ha desaparecido. El decil más rico aún gana en promedio 14 veces más que el más pobre. Además, persisten brechas marcadas por género, ubicación geográfica y origen étnico. Estudios recientes advierten que la movilidad social todavía es limitada, especialmente para las poblaciones indígenas y comunidades rurales.
Para economistas y analistas, los datos representan un parteaguas. “No solo se trata de crecimiento económico, sino de cómo se distribuye. México muestra que es posible reducir la desigualdad con políticas públicas bien diseñadas y un enfoque social incluyente”, señaló una especialista en desarrollo económico.
La expectativa ahora es mantener esta tendencia a mediano y largo plazo. El reto será consolidar una estructura productiva que genere empleos bien remunerados, fortalecer los sistemas de educación y salud, y seguir impulsando políticas redistributivas que aseguren que el progreso llegue a todos los sectores de la población.

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